Es una máxima que el sentimiento de perder es desagradable. 

Y como es bien sabido, solo son pocos los valientes que aprenden el arte de perder y por lo tanto se hacen maestros en el arte de ganar. He allí uno de los grandes no-secretos de por qué pocos emprendedores triunfan en México: pocos han dominado el arte de saber perder.

Me es curioso que algo tan obvio en la vida –la dualidad de todo lo que existe– sea tan grandemente negada. Pero he allí otro gran aprendizaje que tuve (y me apena decirlo) hasta los diecisiete: no todo el mundo ve lo obvio. Mi aprendizaje maduró cuando llegué a los dieciocho: la gran mayoría niega lo obvio. Es decir, la muerte es para todos menos para mí. Si me enfermo, la vida es injusta; si me duele, es algo malo (en lugar de inevitable); los corruptos son los de enfrente, pero cuando yo no pido facturas la ley no se aplica a ; etcétera, etcétera.

Las sensaciones desagradables son inevitables en la vida. Ninguna cantidad de dinero o de escapismo podrá terminar con ellas. ¿Por qué no entonces comprender cómo vivir y aprender de lo que estas nos pueden enseñar?

Edgar Eulogio era un esloveno de aproximadamente metro noventa, ojos grises acuosos y un aura de poder que solo aquellos que no tienen seguridad en sí mismos son capaces de proyectar de esa manera tan espectacular. Al conocerlo (y de manera terriblemente errónea), lo confundí con un político de un país con problemas políticos y escasez económica, donde tales personalidades suelen florecer cual chía en el agua de limón.

Mesmerizado por el error en mi pensamiento y por su cadena dorada de absolutamente terrible gusto, decidí iniciar plática con él preguntándole si su babushka (abuela) era experta en hacer bollos con mantequilla (cabe decir que me miró sorprendido e inmediatamente se convirtió en mi amigo). Para no hacer la historia larga, en un momento de debilidad mental pensé que sería buena idea contratarlo como proveedor para que instalara un site (servidores, cableado, internet, etc.) de mi emprendimiento #43.a. 

Durante un mes, sus secuaces estuvieron trabajando en mis nuevas oficinas corporativas mientras mi mente y mi yo estuvimos ocupados en otros asuntos. Al terminar el trabajo, entró otro proveedor (Sancho, ojo negro, amplio bigote y gran gusto por los tacos veganos de pancita de avena). Al día dos, Sancho, con su característico vocabulario vernáculo, me dijo: “Tsss tsss, patrón, venga pacá”. Iniciamos un tour donde, peripecia tras peripecia, me mostró 18.7 lugares donde el trabajo de Edgar Eulogio tenía deficiencias que iban desde menores, notables, hasta atroces (me vendió un switch de 48 puertos y me instaló uno de 24).

Sin desánimo pero sí con el ojo cheche (al parecer mi ojo derecho toma todo el estrés de mis malas decisiones y tiende a caerse durante un par de horas), le marqué a Eulogio para pedirle una cita.

El resto creo que lo pueden intuir. Al final de la sesión, el único culpable de que el trabajo estuviera mal hecho (y sí, de que me hubiera instalado un switch de 24 en lugar de 48 puertos como el que se pagó) al parecer era yo.

Por supuesto que parte de la responsabilidad fue mía por no haber supervisado el progreso de la obra; sin embargo, el robo y la mala calidad no tuvieron que ver nada conmigo. Al final recibí una cotización de Eulogio la cual imprimí, le dibujé una carita feliz y le prendí fuego en mi azotea mientras tomaba una deliciosa taza de té de pu-erh.

¿Qué habría pasado si Edgar hubiera perdido un poco? ¿Si hubiera aceptado su responsabilidad (y la de su equipo) y hubiera transformado un trabajo terrible en algo de primera clase de nivel mundial? Seguramente seguiría no solo dentro de mi lista de proveedores, sino también en mi lista de recomendados.

Comprendo el rechazo a esa sensación desagradable de perder, de estar mal, de no haber cumplido con las expectativas. Tan bien lo comprendo que entiendo que aun los presidentes caen en la tentación de nunca estar equivocados: el mundo se equivoca, el sol se equivoca, las calificadoras se equivocan, todo el mundo se equivoca menos yo.

Sin embargo, querido lector, para ganar, primero hay que saber perder. 

¿Cómo aprendemos a perder? Comprendiendo que perder es una forma diferente de ganar. Perder no es tener menos; es simplemente cambiar aquello que esperábamos por algo que no necesariamente esperábamos.

Si queremos cambiar nuestra cultura, cambiar nuestros valores y cambiar nuestro futuro, queridos amigos electrónicos, aprendamos a ver todo lo bueno que hay en la vida, y comprendamos que lo agradable y lo desagradable son partes integrales del vivir.

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