Emprender es mi pasión, no mi virtud. Quiero dejar eso completamente claro.

Mi nombre es Máximo Macario Jiménez Ortiz del Cerro. Mis padres tuvieron muchos aciertos y habilidades en su vida; poner nombres no era uno de ellos.

¿Qué hago y por qué estoy escribiendo en esta columna?

Tengo el mejor trabajo del mundo. Para ponérselo de una manera simple, soy el Quijote 2.0 del emprendimiento. Suena un trabajo sencillo, pero, señores, para nada lo es. Un trabajo propio sí; simple, jamás.

Este es mi 14o emprendimiento, y si no hablamos de éxito, podría decir que me ha ido muy bien. Tengo un millón de fans hipervirtuales y cientos se suman a la lista cada día. Nunca divulgo que tengo 42 años de edad ni que adoro el café frío con leche de cabra.

Hace poco me invitaron a escribir esta columna y estuve tentado a decir que no. Mi tiempo es extremadamente limitado y no estaba seguro de poder aportar algo etéreo y perenne, pero después tuve un gran pensamiento: el fracaso es mi mejor amigo, y eso es algo que vale la pena compartir.

Para explicarlo mejor tendré que compartir un poco de mi historia. 

Dicen que cuando nací lo primero que hice fue morderme la lengua. Pudiera parecer un dato irrelevante pero estarían equivocados si pensaran así: nada en esta vida es irrelevante salvo que uno así lo considere.

Mi primer emprendimiento, a los once años, consistió en crear un aparato para que los niños recién nacidos no sufrieran la misma pena que yo (cabe hacer notar que mis primos siempre me decían que no tenía muchos amigos por morderme la lengua al nacer, cosa que causó un profundo impacto en mí, aun cuando años después descubrí que los niños no nacían con dientes y que era imposible que me hubiese mordido la lengua al nacer). Debo admitir que a esa tierna edad mi inteligencia no era suprema, y podría aceptar que tal vez era un poco limitada. Pero lo que me faltaba de inteligencia lo tenía de elocuencia.

Por lo tanto, llegué a dibujar al menos diez prototipos diferentes, y un gran logro que tuve fue poder estar presente en el nacimiento de mi primo Jacinto. Recuerdo perfectamente la emoción que sentí al estar vestido con una bata y con mi primer prototipo escondido en mi bolsa, listo para probarlo en el instante en el que mi primo saliera del útero de mi tía. Seguramente podrán imaginar el desenlace… jamás tuve la oportunidad de probar mi primer invento, y cuando el doctor se dio cuenta de que me había introducido en la sala de parto, me invitó enfáticamente con una patada a que me saliera.

Justo al salir corriendo de la sala de parto tuve un aprendizaje que marcó mi vida. Supe que el fracaso sería mi mejor compañero. Claro que en ese instante no fue una frase lo que vino a mi mente; más bien fue un tipo de emoción donde me sentí tonto, inteligente, valiente y cobarde al mismo tiempo.

Las personas huyen del fracaso y corren cuando sienten miedo. Me parece curioso por qué tantas personas huyen ante algo que, en lo personal, no solo me es interesante, sino podría inclusive decir que me es placentero y altamente interesante.

Entiendo que muchas personas no lo entiendan, y justamente esa es mi motivación. 

Para concluir apropiadamente, me gustaría decir que tenemos un gran enemigo en este país. Ese enemigo no son los políticos ni los vándalos. El verdadero enemigo que tenemos que erradicar es el miedo.

Así como soy consciente de que mis fallas son muchas, sé que cuento con una virtud: inmunidad al miedo. Es mi gran objetivo y mi deseo que cada uno de ustedes pueda también deshacerse del ofuscamiento mental que nos aplasta la vida.

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